Arroyo Salgado y la muerte de Nisman: “Mis hijas ya saben que fue un homicidio”

La ex esposa del fiscal Alberto Nisman cuenta que vivió “en un tsunami”. Cómo hizo equilibrio entre los roles de madre, querellante de la causa y jueza federal. Noches en un sillón y cicatrices inesperadas.

En esta particular situación de la posmodernidad de hoy que son los medios, tuviste que intervenir como la ex mujer de Alberto Nisman, la madre de dos hijas, la exigencia de una luchadora que quiere justicia frente al silencio vergonzoso que se hace alrededor, un rol distinto al tuyo de jueza federal de San Isidro…

Cambié mi postura frente a los medios. Antes pensaba que los jueces debían hablar por sus sentencias. Pero vi que los casos mediáticos se tergiversaban en su difusión. Y ahora creo que en las causas de impacto institucional está bien dar cuenta de nuestros actos. El Derecho no te forma para un montón de escenarios que tuve que afrontar. Hay que formar un buen equipo de trabajo, perfeccionarlo, hacerle entender que la Justicia es un servicio público. Pero yo hice el 80% de mi carrera en la defensa oficial, así que tuve mucho contacto con la gente. Viví la administración de justicia desde el lado de las personas sospechadas de delito y tenía muy claro cómo impactaban en estas personas las decisiones judiciales. Un tiempo fui defensora oficial de María Julia Alsogaray.

¿Eso lo elegías?

No, una defensoría oficial es como una guardia pública, no la podés rechazar. También defendí casos de secuestros extorsivos, homicidios, violaciones, robos con armas.

¿Cómo se hace para defender a personajes que desde la subjetividad uno condena?

Yo siempre fui muy profesional: tengo una personalidad obsesiva y perfeccionista. He dedicado horas a visitar cárceles que, en realidad, tenía que haber destinado a mi familia. Por eso ahora, impactada por lo que pasó, no sabía cómo hacer para administrar mi tiempo, contener a mis hijas Iara, de 17 años, y Kala, que tiene 10, no desatenderlas, pero a su vez, poner todo de mí para que se hiciera una investigación seria.

Un compromiso que tiene que ver con el amor y con el honor.

Sí, la verdad que hoy siento la tranquilidad de haberles dado una respuesta a mis hijas. Puse todas las herramientas, conocimientos, experiencia, y todo lo que pude hacer en ese momento, que fue terrible. Un día hablé con Iara y le dije: “No puedo más. No puedo seguir el día a día de la causa”. Ya no podía dejar de trabajar. Tengo a cargo los dos juzgados federales de San Isidro, me tuve que mudar de la noche a la mañana a otra casa y aún seguimos haciendo un gran esfuerzo, porque vivimos en Del Viso, las chicas van al colegio en Olivos y juegan al hockey en San Isidro. Yo ya le planteé a Iara: “Para mí, el hecho ya está esclarecido: por pruebas científicas, fue un homicidio”.

¿Qué te dejó el conocer de cerca la investigación?

Una crisis de confianza muy profunda. No hay dudas de que el entorno más próximo a Alberto, personas muy cercanas, han mentido en algunas cuestiones. El imputado de la causa (el técnico informático Diego Lagomarsino, prestador del arma que mató al fiscal) ha mentido y era una persona de gran confianza de Nisman, que nosotras también conocíamos. Mis hijas han tratado con él. Yo estudié abogacía porque desde chiquita sentí la vocación, desde los ocho años. Veía una serie llamada Petrocelli, de un abogado que vivía en una casa rodante y defendía siempre causas justas. Ese sueño se me cumplió cuando fui defensora oficial, porque representé a gente que estaba injustamente detenida. Pero también defendí a muchos culpables y ahí dije: “Tengo que irme a otro ámbito del Poder Judicial”. El punto de quiebre fue la violación de tres nenas, de cinco, siete y diez años, muy humildes. Yo tenía a Iara chiquita. El fiscal accedió a hacer un juicio abreviado por el monto mínimo de la pena y yo no podía creer que me ofreciera eso, porque sabía que mi defendido se jugaba una condena, muy probable, de varios años más. Era mi deber defender al acusado, un derecho constitucional, pero a mí me empezó a hacer ruido. Yo veía que la familia de estas nenas era gente muy humilde… La otra parte era el interés general de la sociedad.

Todo eso lo viviste desde muy joven. ¿A qué edad te recibiste?

A los 23. Y las marcas de esa obsesión por hacer las cosas bien, de la autoexigencia, están en mi físico: he tenido desórdenes hormonales muy importantes. La maternidad me costó un montón, hice mucho tratamiento. Con este hecho también tuve impactos en la salud.

Me pregunto qué difícil habrá sido la andanada de representaciones que aparecieron con esta tragedia que le sucede a Alberto, tener que aceptar lo inimaginable como ocurrido y después traducirlo en palabras para que pueda ingresar del modo menos dañino al alma de tus hijas. Es un combo de una complejidad que se convierte en complicación.

Sí, yo viví como en un tsunami. Tenía mucho miedo por lo que pudiera pasarnos, pero nunca me representé un desenlace como el que ocurrió. Me acuerdo que Kala y yo partimos un sábado a la noche a Europa, para sumarnos al viaje de 15 de Iara. Llegamos el domingo a la mañana a Madrid, inmediatamente tomamos el vuelo a Barcelona. Paseamos por ahí cerca, porque era invierno y oscurecía temprano. Cuando volvimos al hotel, Iara empieza a contactar a Kala. Y ahí me entero de que Alberto y ella se estaban volviendo a Buenos Aires… No entendía nada. ¡Yo ni había desarmado las valijas! Entonces hablo con él y me dice: “Yo me tengo que volver porque hay un tema de mi mamá y demás”. Y yo le pregunté: “¿Pero cuándo te enteraste? ¿Es tan grave?”. Cuando uno se separa, no está en los mejores términos. Le dije que cómo me hacía eso, en realidad no a mí, sino a Iara, porque era su viaje de 15. Él me insistió: “A vos no te cambia. Nos volvemos a Buenos Aires y la semana que viene regresamos para acá”. Entonces le pregunté que cómo sabía que iba a volver, si era un tema de la mamá. Yo tampoco quería frenarlo, pero a mí me sonaba raro lo que me estaba diciendo, lo conocía. Le pedí que se relajara y disfrutara el viaje, que tanto nos había costado organizar. Y él me dijo literalmente: “¿No te das cuenta? Ahora vienen por mí”. La verdad, lo interpreté como que lo sacaban de la Unidad Fiscal AMIA. Y le dije: “Alberto, hasta tal vez te hacen un favor. Hiciste todo lo que tenías que hacer para el esclarecimiento. De última te vas a la profesión, vos sos una persona sumamente inteligente”. Jamás se me representó otro tipo de desenlace.

¿No imaginaste nunca que él iba a venir a Buenos Aires y a denunciar a Cristina Kirchner, nada menos que la presidenta de la Nación, por el supuesto encubrimiento a los responsables del atentado terrorista a la AMIA?

No, después me di cuenta de que él tuvo un entorno que lo fue aislando de su familia, de sus afectos auténticos. Siento que Alberto confió en la gente equivocada. Por ejemplo, ese día a mí no me habló con la verdad, pero a Iara sí le explicó por qué se iba. Esa noche del domingo yo no dormí. Empecé a averiguar con la gente del hotel cómo hacer para ir a Madrid del modo más rápido. Iara se había quedado en el aeropuerto sola, sin su valija. Ella, en teoría, me esperaba en el VIP de Iberia, pero cuando me presenté ahí, me decían que no había ninguna chica. Para mí era gravísimo que mi hija se quedara sin su viaje y que su papá se fuera. Pero Iara, después de todo lo que nos pasó, dice: “Pensar que yo me hacía problema porque me había quedado sin mis cosas en mi viaje de 15. Y ahora, cuando mis amigas se hacen problema por algo, les digo que no se angustien porque siempre les puede pasar algo peor”.

¡Qué increíble! Es como una especie de auras de sombras. Las llamadas inesperadas, las explicaciones insuficientes, una partida disruptiva, tu hija esperando en un lugar que no sabes dónde está. Y al mismo tiempo, Nisman que llega a Buenos Aires, hace una denuncia judicial y nos deja a todos sorprendidos. Nos llenamos de preguntas: ¿estará hablando en serio? ¿Qué pasará ahora que él? Y Nisman que admite públicamente: “Sé que me pueden matar”.

“Puedo salir muerto de todo esto.”

Me acuerdo que me levanto y mi mujer me dice: “Murió Nisman”. Y la gente automáticamente piensa: “Lo mataron”. Después aparece la idea del suicidio, que no la cree nadie.

Ni bien me confirmaron que había un arma en el lugar, lo primero que pensé fue que lo habían matado. Yo conviví 17 años con él. No tengo dudas de que esto fue una gran operación de gente entrenada, de servicios de inteligencia. Para mí no es casual la fecha en que ocurrió, ni dónde estábamos nosotros, su familia. Hoy, Iara está en su último año del secundario, en el Northlands de Olivos. Quedó becada y Kala también: son re buenas alumnas. Yo la verdad es que si en ese 2015 me hubiese podido ir del país, me habría ido. Pero tengo mis afectos, mis amigos, estoy súper agradecida por la solidaridad, el afecto y el apoyo.

Solidaridad, afecto y apoyo que te ayudaron a poder afrontar el miedo, la desesperación, la soledad.

A sentirnos más protegidas. Un día me demoré en el baño del Patio Bullrich y una señora me esperaba muy preocupada en la puerta, porque tenía miedo de que alguien me hiciera algo. Sentí que la gente estaba alerta, cuidándonos.

Cumpliste con una parte importante, no solo dentro de la función de compromiso con tus hijas y Alberto, sino en función de la salud de ellas, que es buscar, encontrar y transmitirles la verdad de lo ocurrido.

No quedan en el limbo. Les dije lo que pasó. Y que nosotras no somos personas vengativas. Obviamente nos interesa que haya justicia, pero tampoco quiero que mis hijas tomen el ejemplo de que nuestra vida gira en torno a la búsqueda y persecución de los responsables. Tengo miedo de que si sólo van actuar reparando la pérdida, se van a olvidar de la creación de su propia vida. Y segundo, quiero que mis hijas crezcan con la noción de esperanza. Durante todo el año 2015 pasé por una cantidad de estados de ánimo. Tengo dos cicatrices por haberme llevado puertas por delante. Sufrí muchísimo. Iara parecía mi mamá, ella me contenía a mí. Sin duda, ninguna de nosotras es la misma después de este hecho. Dormí durante cinco meses en el sillón del living por el miedo que tenía. La empleada nuestra de toda la vida, que se tenía que jubilar en marzo de 2015, me vio entonces tan mal que se quedó hasta octubre. Es el día de hoy que un personal policial se queda en la puerta de mi casa siempre, aun viviendo yo en un country en Highland. Esto fue tan perverso…

¡Qué cantidad de golpes que te dieron con esto! ¡Qué palazos! Las cicatrices son recuerdos que uno trata de que no se conviertan en el dolor agudo de la herida, pero es la marca de un sufrimiento que te constituye.

Lo que vengo hablando con las chicas es que tenemos que capitalizar esto tan terrible que nos pasó en acciones positivas. Ahora disfrutamos los momentos juntas de otro modo. En parte, esto nos ayudó a poner en perspectiva las cosas.

¿Cómo actuaba en vos ese miedo enorme a que algo les ocurriese?

Las amenazas eran muy feas. Alberto recibió mails graves desde agosto de 2012. Yo, al poco tiempo de asumir en el juzgado de San Isidro, recibí un pájaro muerto en una carta con recortes de diarios que decían: “Cuidado con el cabeza” y se relacionaban con una investigación por narcotráfico. Hoy, ese expediente está en mi despacho, porque después de las amenazas a Alberto le decían “Pajarito”. Iara escuchó un audio de amenazas telefónicas a Alberto… Después de todo lo que pasó, no sabe si irse al exterior o quedarse acá. Es algo que a mí me duele, pero la vi sufrir tanto, y es una chica tan inteligente que, por momentos, me advierte: “Mamá hoy pareciera que todo estuviese tranquilo, pero en realidad hay cosas que en cualquier momento pueden volver”. Un día, una mujer le sacó varias fotos en un Starbucks, ella se dio cuenta, la encaró, pero se preocupó mucho.

¿Se generó un cambio en cómo estaba instalada la figura de Alberto, después de esto, dentro tuyo?

Pasé por distintos estados de ánimo. Cuando voy al cementerio de La Tablada me dan ganas de decir: “¿En qué momento empezó a transformarse en otra persona, a separarse? Siento que se rodeó de gente cercana a cierto poder… El poder los va transformando y se empiezan a alejar de lo importante de la vida, del sentido, de la vocación. También me hice muchísimos reproches, aunque sé que hice el mayor de los esfuerzos… Por algo terminamos separándonos. Fueron muchos años de tratar de apostar a un cambio. Él asumió el compromiso profesional de esclarecer el atentado de la AMIA como un desafío personal. Para él era la reivindicación de muchas cuestiones. Lo vi dejar la vida, todo de lado. Me acuerdo de que uno de los primeros reclamos surgió en unas vacaciones de invierno que habíamos armado. Alberto me convenció de que me fuera la primera semana sola con Iara, que luego él nos alcanzaba… y nunca vino.

Vos en el alma, Sandra, ¿cómo te has recuperado de esto?

Valoro los momentos de otro modo. A mí esto me enseñó a darles mayor calidad a los momentos con mis hijas. Estoy disfrutándolas mucho, tratando de acompañarlas, conteniéndolas. Hago un gran esfuerzo en ir y venir. La Panamericana es ya como mi casa. Igual, hay cosas que me cuestan: aún tengo cajas del departamento del padre que no pude desarmar. No las abrí todavía.

No te exijas. Date el tiempo que necesites. No fuerces situaciones que pueden ser desgarradoras si no estás preparada. No te olvides de vos.

Sí, ni de mí ni de mi salud. Disfruto a través de mis hijas, al verlas bien. Y también de mi actual pareja, Guillermo Elazar, que me ha ayudado y me ha comprendido. Mi familia, mi mamá, fueron súper importantes para mí. El club de mis hijas, los entrenadores de hockey. Hay padres que van los sábados a ver al CASI y alientan a Kala de una manera… percibo que algunos las sienten como sus propias hijas. Las maestras, las directoras. Muchísima gente me ayudó un montón para que ellas puedan seguir creciendo fuertes.

Todos ellos y vos, con tu ejemplo.

Es que no quiero que mis hijas vean en mí una actitud vengativa. Mirá que hubo declaraciones muy graves, por ejemplo de Aníbal Fernández (acusó a Nisman de malgastar el dinero de la investigación), de Diana Conti (buscó intimidar al fiscal antes de su exposición en el Congreso: “Le vamos a ir con los tapones de punta”) y de Diego Bossio (calificó de “absurda” la denuncia de encubrimiento del kirchnerismo a los iraníes sospechados por el atentado a la AMIA). Yo nunca les hice querellas ni denuncias ni pedí reparaciones, pese a que han hecho cosas terribles. Eso sí: estoy alerta. Fue muy valioso para mí escuchar, en un evento de la DAIA, el testimonio de un señor de 90 años, sobreviviente de siete campos de concentración. Este señor nos dejó cosas positivas, aprendizajes, porque triunfó a toda esa maldad.

Tiene que ver con esto: en un primer tiempo fue sobrevivir y después tener el coraje de vivir.

Te juro que ese video es digno de escuchar. La voz quebrada por las pérdidas y el sufrimiento. Y el momento de esperanza, tan auténtico. La otra vez, Kala fue a comer a la casa de una compañera y allí relató al detalle su visita al Museo del Holocausto. Los papás me decían: “¿No será muy fuerte para ella?”. Y yo les dije que más fuerte fue que le mataran al padre. Una de las primeras veces que fuimos a Tablada, Kala se puso a hacer la medialuna. Y le explicó a la hermana extrañada: “¿No ves que papá nunca me vio hacer la medialuna?”. El otro día, Kala tenía que exponer un tema en el colegio y eligió el nazismo. Dijo: “Mis compañeros nunca aprendieron lo que aprendí en el Museo del Holocausto y a mí me parece tan importante. ¿Cómo no lo voy a compartir?”. En tercer grado, hizo una lámina con una foto de la revista Noticias, de un cartel con el significado de su apellido. Se leía: “Nisman: Hombre estandarte”. Le dije que tenía que estar orgullosa de su identidad. Lo hablé porque hubo un episodio en el colegio, se le acercaron y le preguntaron su nombre. Ella contestó “Kala”. Pero le reclamaron el apellido. Y ella dijo “Elazar”, que es el apellido de mi pareja. Cuando me enteré, la angustia me partió el alma. Pero le dije que tenía que afrontar la situación. Por eso cuando surgió la posibilidad de ir a Israel, consideré que podía ser importante para que ellas no perdieran ese puente con la familia del padre.

Cada momento compartido dejó una huella.

Y, pensá que el último regalo que Alberto le iba a hacer a Kala, que en aquel 8 de enero de 2015 cumplía 8 años, estuvo secuestrado en la valija… Otra anécdota ocurrió el Día de los Enamorados. Mi pareja había viajado con sus hijas. Al volver del juzgado, Kala me dio una cartita y unos bombones, y me dijo: “Te doy esto porque Guillermo no está, y pensé que nadie te iba a regalar nada”. Luego encontré un dibujito escondido. Era de un corazón, dedicado al padre, con un “Te amo” arriba, y la frase “Fuiste el mejor”.

 

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